PRODUCCION "Himnos Eternos"

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jueves, 11 de marzo de 2010

Entrega de "Campaña de Ayuda" para Concepción y Talcahuano

Siendo las 23:00 hrs. de la noche de este martes 9 recién pasado, partíamos desde el templo de la Iglesia Evangélica Pentecostal de Viña del Mar un grupo de 4 hermanos rumbo a Concepción, llevando la misión de hacer entrega de la "Campaña de Ayuda" que se realizó a lo largo de la semana pasada en nuestra iglesia en Viña del Mar, donde se recolectaron alimentos básicos, distribuidos en más de doscientas raciones individualizadas en bolsas familiares, y ropa para llevar a las iglesias de Concepción, Concepción Norte y Talcahuano. Luego de encomendarnos al Señor haciendo una oración junto a nuestro pastor Horacio Contreras, iniciamos el viaje que nos llevaría a una de las ciudades afectadas por el gran terremoto ocurrido el pasado sábado 27 de febrero.

Ya en el camino comenzamos a ver los efectos del gran sismo, cuando la carretera nos hizo sentir en carne propia los grandes cambios producidos en el terreno producto del movimiento de la tierra.

A la llegada de Concepción, vía la ruta del Itata, nos pilló la espera del levantamiento del toque de queda, siendo las 05:45 de la madrugada. Luego de unos minutos de espera, los militares indicaron que teníamos el paso libre.

La imagen que nos recibe es angustiante: una ciudad medio en penumbras, muchas de sus calles sin iluminación, custodiadas por militares armados, donde aún se ven escombros en cada cuadra, autos destruidos bajo el peso de restos de murallas derribadas, postes caídos, cables colgando... La sensación, percibida con todos los sentidos, es incomparable a cualquier imagen vista desde la distancia a través de algún medio de comunicación.

Nos recibe una familia de Concepción, quienes nos saludan muy contentos y nos ofrecen un desayuno, luego de contarnos que, después de 11 días, por primera vez comen pan y tienen agua potable. Dios quiso que, sin querer, el pan que habíamos preparado para el viaje, quedara embalado en la carga trasera de la camioneta haciendo imposible sacarlo antes de llegar a Concepción. Allí pudimos, con suma alegría, comprobar que aquel básico alimento, preparado inicialmente para nuestro viaje, Dios lo había dispuesto para compartirlo a aquella familia.

De inmediato comenzamos a trabajar, dirigiéndonos a la empresa que traía la carga embalada en Viña del Mar en un camión. En el intertanto, visitamos las casas pastorales de Concepción y Concepción Norte, anunciando que dentro de la mañana volveríamos con el camión para entregar la ayuda. En Concepción Norte, que no tenían noticia de nuestra llegada, no dejaban de agradecer a Dios por la bondad tan inesperada recibida.

El traslado entre las iglesias y la oficina de transporte nos permiten comenzar a apreciar, ya con la luz del día, la gran cantidad de casas, negocios y edificios que están completamente destruídos, o en serio peligro de derrumbe. En cada cuadra se ven montones de escombro, paredes derribadas, carpas en medio de la vereda, cintas de seguridad que rodean el perímetro de alguna edificación, soldados que guardan la entrada de un supermercado o un banco, una fila de personas que espera ingresar a algún almacén, grifos rodeados de personas con baldes y botellas sacando agua, e incluso un joven de espaldas en la vereda resguardado por varios militares armados, que lo mantienen en vigilancia... El impacto visual es tremendo. Y en el rostro de los ciudadanos se advierte el dolor de la tragedia. La gran mayoría de las personas que anda en la calle lo hace con motivo de alguna actividad relacionada con los efectos del terremoto: algunos mirando el trabajo de una máquina excavadora, otros mirando al policía de la esquina que trata de ordenar un atascamiento vehicular tremendo que afecta a todas la calles del centro, otros ingresando a un local que muestra peligrosamente la posibilidad de un derrumbe para sacar algún bien metrial, otros barriendo el polvo y otros acumulando basura o escombros en la vereda.

Luego de hacernos una imagen del daño estructural y social en la ciudad, con inmensa alegría comenzamos nuestra entrega en la iglesia de Concepción, cuyo templo ha sufrido fuertemente el golpe del terremoto, demostrando la violencia del sismo. Allí, con la ayuda de algunos hermanos de la iglesia, descargamos una primera partida de alimento. Al cabo de un rato hemos finalizado el trabajo. Al despedirnos del pastor Abraham Falcón, nos agradece a nombre de la iglesia la ayuda enviada.

En forma similar a la iglesia de Concepción ocurre en las iglesias de Concepción Norte y Talcahuano, donde se distribuyó alimento y ropa, respectivamente, siendo recibidos por el pastor Joaquín Correa de Concepción Norte, y Pedro Vilugrón, de Talcahuano.

Luego de la entrega en Talcahuano, el pastor Vilugrón nos invita a almorzar. En la mesa recibimos relatos de algunos hermanos de la iglesia que nos describieron el horror y la desesperación vividos durante el terrmoto y posterior tsunami que afectó a aquella ciudad. La consternación aún se apodera de sus rostros cuando nos describen el ruido aterrador de los fierros doblándose, los techos cayendo y la destrucción de las construcciones cuando el mar salió, arrasando con todo a su paso.

Después del almuerzo el pastor nos lleva a ver el templo, cuyo cielo raso se desprendió casi en su totalidad. En aquel momento, y como un bálsamo al espíritu, nos invita a leer la palabra de Dios y realizar una oración de agradecimiento por la vida aún otorgada por misericordia y por la ayuda recibida. Nos depedimos con la alegría de saber que hemos aportado con un pequeño grano a levantar el ánimo abatido y llevar algo de ayuda a nuestros hermanos que han perdido, en algunos casos, todo lo material.

Sin embargo, aún no ha terminado la angustia que se apodera de nuestro ser al ver la destrucción que reina. Ya terminada la última entrega en Talcahuano nos damos un tiempo para acercarnos a la zona más céntrica, y ver con nuestros propios ojos el daño causado por el mar.

La imagen es dantesca... un olor nauseabundo y putrefacto domina el aire. Muchas personas caminan por la calle con mascarillas. El lodo y el agua se dejan ver en todas las calles, dejando un color grisáceo oscuro que todo lo contamina. Hay restos de basura y residuos marinos en todas partes. En la orilla del mar se ven restos de contenedores volcados, barcos hundidos en el agua y basura por todos lados. En las calles se ven los postes caídos, restos de botes de pescadores en la vereda de un edificio, autos completamente destruidos y volcados a la entrada de las casas, arrastrados por las olas junto con basura, y finalmente, la imagen que ha recorrido todo el país, de un barco varado en medio de una población, a varias cuadras del mar.

La desolación y abatimiento que se cierne sobre el corazón es inevitable. La sensación de desamparo y dolor que se sienten no son posibles de percibir a través de una fotografía del desastre. Sólo se pueden sentir allí, estando solos frente a la vastedad de la destrucción enviada por un Juez Justo, Santo y tres veces Santo, que no tolera el pecado, y que, acercándose el día de su venida para juzgar a las naciones, cumple su palabra eterna inexorablamente cuando dice: "... y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores."

En aquel momento nos alienta el comprender que "sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo."

Después de ver y comprender que lo que hemos visto no es otra cosa que estos principios de dolores, y que el día de nuestra redención está más cerca, iniciamos nuestro viaje de regreso a casa.

Al llegar el miércoles, cerca de las 23:00 hrs. a Viña del Mar, donde somos recibidos por nuestro pastor, realizamos con inmensa gratitud a Dios una oración por haber guardado nuestro camino y por su inmensa bondad que ha mostrado hasta ahora con nosotros. La alegría y satisfacción de la tarea cumplida sólo nos lleva a alabar y engrandecer el nombre de nuestro Salvador, porque en medio del dolor que aún embarga a nuestro país, Dios muestra su amor, y nos ofrece gratuitamente la Salvación, que es el bien más preciado que tenemos y podemos atesorar en nuestro corazón.

Dios quiera llevar consuelo y paz a todas las familias afectadas en nuestra nación, y en especial a su pueblo, que a pesar de sufrir el dolor físico, sabemos que Dios nunca les abandonará.

Para nuestro eterno Dios se la honra, gloria e imperio sempiterno.

HORACIO CONTRERAS
Director Coro IEP

NOTA: para ver las imágenes con más detalle, haga click sobre ellas