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martes, 10 de julio de 2007

A un siglo...

El año 1909 se vio marcado por un gran acontecimiento en la iglesia cristiana evangélica en Chile, que marcó las crónicas de la época: el inicio de un movimiento espiritual que atrajo la atención pública debido a las novedosas formas en que éste se manifestaba. Era el comienzo de un gran avivamiento. Un avivamiento que remecería al país de norte a sur, provocando un llamado al arrepentimiento en miles y miles de almas que llegaban sedientas a la casa de Dios buscando refugio ante la ira venidera. Era el nacimiento del pentecostalismo en Chile.
Desde aquellos memorables años en que ocurrieran los hechos relatados han pasado ya noventa y ocho años. Y las iglesias pentecostales en Chile se aprontan a recordar lo que se ha dado en denominar "El Centenario". Dicha circunstancia marca el cumplimiento de cien años desde que Dios derramara de su Espíritu sobre su iglesia.
Este hecho ha provocado desde ya un gran movimiento en muchas iglesias que han decidido realizar una serie de actos y conmemoraciones tendientes a celebrar el gran acontecimiento. Entre ellos, eventos multitudinarios de acción de gracias, reuniones conjuntas de diferentes iglesias de corte pentecostal, y muchos más. Las razones sobran... un siglo no se cumple todos los años.
Sin embargo, precisamente el pensar en que ya ha transcurrido practicamente un siglo desde que Dios mirara con misericordia esta larga y angosta faja de tierra, y que enviara la gran profecía "Chile para Cristo", hace inevitable realizar un auto-exámen y analizar lo que a la vuelta de los años hemos conseguido, además de muchas iglesias, almas y recuerdos...
El comienzo del avivamiento fue un deseo genuino de descubrir cuales eran los impedimentos que había en la vida de cada hermano para que en ellos se manifestara el Espíritu de Dios, de la misma manera que se describía en los Hechos. Cuando ellos comenzaron a orar en esa dirección, Dios comenzó a redarguir de pecado las conciencias, descubriendo toda clase de impurezas que a lo largo del tiempo se habían ido adhiriendo a los corazones de los fieles. Tanto así que algunos pasaban horas y horas ante la presencia de Dios gimiendo y llorando, buscando el perdón. Otros eran movidos a arrepentirse ante la iglesia, ante sus autoridades y jefes de trabajo. El Espíritu comenzó a manifestarse en los servicios provocando oraciones y ruegos a gran voz, impidiendo al pastor liderar la oración general.
La respuesta a dicha búsqueda fue la esperada. Dios envío su Espíritu, el cual inmediatamente comenzó a mover a los hombres y mujeres a pregonar el evangelio públicamente. Hecho hasta entonces desconocido por los ciudadanos, lo que provocó reacciones violentas en muchos casos, desencadenándose persecusiones y maltratos hacia los nuevos predicadores. Sin embargo, ello no fue impedimento para que los santos hombres de Dios decidieran anunciar su Palabra con tenacidad y denuedo, recorriendo calles, plazas, campos, caminos y montañas, con el fin de llevar la grata nueva a toda criatura.
Hoy la realidad es radicalmente opuesta. El pentecostalismo se ha extendido por todo el país, la ciudadanía se ha familiarizado con la predicación pública, las iglesias han crecido a niveles inesperados, las almas han seguido llegando a la casa de Dios, y hoy por hoy el evangelio es digno de respeto, incluso de admiración y poder político. Jamás hubieran imaginado los humildes siervos de Dios hace noventa años las grandes iglesias llenas de miembros, gozando de ricas bendiciones celestiales, y siendo motivo de respeto entre el ciudadano común. Podemos decir que hoy los evangélicos pentecostales pueden practicar cómodamente su fe.
¿No es acaso interesante observar las grandes similitudes entre la historia del pentecostalismo en Chile y el cambio de la iglesia primitiva de ser una religión perseguida, a ser la religión oficial del estado, cuando Constantino decidió pasarse a las filas cristianas? Y vaya que es inevitable observar el triste devenir de los hechos, a partir de entonces, en el desarrollo del cristianismo. Rápidamente la iglesia adquirió poder, religioso y político, transformándose en la garante de seguridad ante las invasiones bárbaras. Es entonces cuando comenzó la decadencia.
Se asimilaron costumbres paganas con el fin de atraer la fidelidad de diferentes pueblos germanos; se realizaron importantes negociaciones políticas con el fin de garantizar la continuidad en la libertad del culto; las constantes ofrendas y entrega de terrenos a la iglesia le dieron poder para afianzar sus posiciones y establecer alianzas estratégicas con grandes reyes y señores; y lo más terrible, para mantener la lealtad de los fieles, se escondió la Palabra de Dios, con la excusa de que su lectura los conduciría al infierno, y que debían obedecer ciegamente a las ordenanzas dictadas por la santa iglesia.
Hace ya un siglo... ¡Es cierto! Cien años no se cumplen todos los días. Y nosotros ¿qué conclusiones podemos sacar de nuestra historia, al término de nuestros primeros cien años? ¿Cómo se conduce la iglesia? ¿Cómo se relaciona con el mundo? ¿Cómo enseña a sus miembros? ¿Qué preocupa hoy en día a la iglesia de Cristo? ¿Somos luz entre el mundo que se pierde día a día en las más oscuras tinieblas del pecado? ¿Qué hacemos para llevarles amor, esperanza, salud y un camino de salvación? Y en base a los resultados que obtengamos de nuestro análisis y haciendo una proyección matemática ¿en que pie estaremos en cien años más?
Creo que si podemos tener un motivo para celebrar en dos años más, es que Dios nos halle haciendo su voluntad, y estando preparados para recibir su venida.
HORACIO CONTRERAS R.
Director Coro I.E.P. de Viña del Mar