PRODUCCION "Himnos Eternos"

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miércoles, 9 de mayo de 2007

ISTE CONFESSOR y la iglesia primitiva

Con motivo de la conmemoración de la reciente Semana Santa, en que recordamos el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, el Coro de nuestra iglesia quiso hacerse presente y unirse a los millones de cristianos que a través del mundo hacen profesión de su fe hacia Dios. Hoy en día en que el mundo ha dejado de lado la fe en pos de un materialismo consumista, producto del pecado del hombre, la iglesia de Cristo tiene el urgente llamado a predicar la palabra de Dios y anunciar la Salvación por medio de Cristo, el único camino hacia Dios el Padre, en quien el hombre puede encontrar la verdadera paz y felicidad que tanto anhela.
Es por ello que en esta oportunidad, en forma muy especial, se ha hizo una invitación pública para participar de esta Presentación Coral de Semana Santa, en la cual el coro hizo memoria del sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, y a través de corales e himnos de santa inspiración, hacer un sentido recordatorio de la fe y valentía inquebrantable de los mártires de la iglesia primitiva.
La luz, como símbolo de la vida, entre muchos otros, adquirió en esta oportunidad vital relevancia. La constante lucha entre la luz y las tinieblas que se desató durante muchos siglos, encontró en la figura de Cristo su fin, al ser vencidas las tinieblas por la gloriosa luz de nuestro Salvador, quien se alzó triunfante y victorioso de la muerte, para sentarse junto a la diestra de Dios Padre; y con la dirección del Espíritu Santo, dar forma a la iglesia de Cristo, representada por los miles de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos han entregado su vida a Dios.
Las páginas de la historia de los inicios de la vida del cristianismo están llenas de momentos heroicos y conmovedores en que los primeros cristianos debieron pasar por la prueba del crisol para demostrar al mundo que el nuevo reino que se iniciaba era eterno e imperecedero. Durante más de trescientos años, los cristianos de la iglesia primitiva fueron perseguidos y torturados de la manera más cruel y atroz por el imperio romano. Acusados de horrendas abominaciones y sufriendo los juicios más injustos, cargaron con el deprecio y el odio del pueblo por la causa de Cristo.
En su lucha por mantener viva su fe y realizar sus cultos de adoración a Dios, se vieron en la obligación de esconderse y practicar en secreto su religión. Es así como la iglesia naciente comenzó su vida entre las catacumbas: lugar destinado al entierro de los muertos.
Las catacumbas no son otra cosa sino cementerios subterráneos, construidos a muchos metros bajo tierra. En ellas hay múltiples galerías y corredores oscuros, largos y estrechos, formando un laberinto interminable. Las paredes a lo largo de esos tenebrosos pasillos están repletas de nichos donde reposan los cuerpos de los santos hombres de Dios. Allí, entre el frío y la oscuridad de esos asfixiantes y lúgubres recintos, alumbrados sólo por la luz de unas cuantas lámparas parpadeantes, esos valientes cristianos no dudaron en servir a su Salvador, y reunidos ante el pan y el vino, recordar el sacrificio de aquel que muriera en la cruz por los pecados de toda la humanidad.
Sin embargo, a pesar de realizar sus servicios en secreto, los cristianos fueron capturados y torturados hasta la muerte. Las primeras persecuciones surgieron durante el gobierno de Nerón, quien acusó a los cristianos de haber provocado el gran incendio de Roma. Sin embargo, aunque nunca se encontró evidencia contra ellos muchos fueron colgados en los jardines del emperador y usados como antorchas humanas, para alumbrar las fiestas más abominables que haya conocido la historia. Las persecuciones se volvieron cada vez más violentas, transformándose en diversión para el pueblo. Llevaban a los condenados a los anfiteatros, donde se les hacia combatir con fieras salvajes o se les soltaba en grupo para que los leones los devorasen. El público los insultaba y les tiraba piedras.
Una muchedumbre enfurecida clamó la ejecución de los cristianos. Uno de los diáconos fue interrogado, pero como éste se negara a hablar, le colocaron dos planchas de bronce al rojo, en el pecho y en la espalda. Luego fue decapitado. Otros cristianos fueron sentados en sillas de metal al rojo, y una joven, luego de ser quemada, fue atada para lanzarle un toro furioso que la destrozó a cornadas.
Sin embargo, para ellos era un honor morir por la causa de Cristo. Su suplicio era un martirio, un testimonio rendido públicamente. Todos querían obtener la llamada “corona del confesor o martir”. Tal como lo expresara uno de estos valientes hombres de Dios: "Que el fuego, la horca, los animales salvajes, los huesos quebrados, el desmembramiento, los moretones en todo el cuerpo, y los tormentos del diablo y del infierno mismo vengan sobre mí, para que pueda ganar a Cristo Jesús".
“ISTE CONFESSOR” es una cantata de carácter épico-histórico, basada en un himno latino del mismo nombre, que expresa la oración de aquel que ha confesado a Dios ante los hombres y ha vencido. Evocando aquella sensación de oscuridad y encierro que se respiraba entre los pasillos subterráneos de las catacumbas, su propósito es recordar a aquellos hombres y mujeres, representados por la luz de una vela, como símbolo del alma. Aquellos valientes cristianos que, de cara a la muerte, mantuvieron firme su fe. Y a pesar del fuego, las fieras y la muerte, estuvieron dispuestos a seguir adelante, para llegar un día a reunirse con este trino Dios, sirviendo a aquel que había sufrido aún más que ellos y muerto en una cruz por los pecados de toda la humanidad: nuestro Salvador y Señor Jesucristo, a quien sea la honra e imperio sempiterno. Amén.